Para llegar a tu destino hay que caminar…

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© Macarena Collantes de Terán / Para HEALTHYCLUB

JUNIO 2015. 1,52 cms de estatura. 70 kilos de peso. 40 años cumplidos apenas unos meses antes. Dicen que es una edad en la que, de repente, te replanteas muchas cosas. Lo había oído cientos de veces antes y pensaba que eran tonterías. Que para replantearte cosas lo mismo da tener 28 años que cincuenta y tres. Pero, quién sabe, quizás por influencia social, o porque efectivamente los cuarenta te llevan a hacer reflexiones vitales más profundas, empecé a pensar seriamente en hacer algo con mi vida. En reconducirla. Y tenía que empezar por el exterior, por superficial que pueda sonar. Para las personas que nunca han tenido problemas de peso es fácil decir aquello de “lo importante es el interior”, o “el físico es lo de menos”. Pero seamos honestos. Vivimos en un mundo de etiquetas, injusto, discriminador y, por qué no decirlo abiertamente, un poco cruel. Y la etiqueta de “gorda” en un mundo así suele ser dura de llevar. El físico marca mucho más allá de la simple estética. Ser gorda me hizo crecer con muy poca autoestima y con mucha inseguridad personal. Y esto, al margen del físico, puede hacerte perder muchas oportunidades de vivir la vida como quieres realmente, porque tiendes a elegir, más o menos de forma inconsciente, opciones que te hagan sentir menos incómoda. O porque crees que no mereces ciertas oportunidades porque no vales lo suficiente. Y esto entonces deja de ser sólo un problema de complejos para convertirse en un problema de elecciones de las que dependen tu bienestar y felicidad. Es decir, deja de ser un problema estético para convertirse en un problema de salud.

MacarenaComo tanta gente, también yo, por entonces, asociaba estar delgado con estar sano. Pensaba en adelgazar, exclusivamente. Había hecho decenas de dietas, con médico y por mi cuenta, y llevaba toda la vida engordando y adelgazando. El deporte había pasado por mi vida alguna vez, fugazmente, pero no me había “enganchado”. Horas de gimnasio aburridas, repitiendo los mismos ejercicios cada día, sin nadie que te supervisara, sin nadie a tu lado que te motivara, con lo importante que es la motivación en esas primeras fases. Al final, como no tienes a nadie que te “empuje”, y tampoco ves cambios espectaculares en ti, acabas abandonando. Sabía que meterme en esa rueda otra vez no iba a funcionar y estaba convencida de que “esta vez” quería hacerlo bien. Por eso pensé en un entrenador personal. En buscar “esa” persona que hasta ahora nunca había tenido a mi lado en todo ese proceso. Ese “alguien” que me empujara a seguir cuando yo no quisiera.

Creo que en este mundo del fitness es importante elegir bien. Y cuando eres novato esta tarea no es fácil. Yo creo que tuve suerte, sinceramente. Que mi determinación me hizo acertar con la elección de mi entrenadora personal. Porque fue ella la que arrancó de cero esta nueva versión de mí. Yo iba llena de miedos, vergüenzas y dudas, pero ella supo coger ese puñado de barro que era yo y, poco a poco, ir dándole forma. Desde el primer día empecé a entrenar con ella de una manera completamente nueva para mí. Sin máquinas, al aire libre o en mi casa, trabajando mucho con mi propio peso corporal, y variando la rutina de entrenamiento cada día.

Nada que ver con la idea que yo tenía hasta ese momento de “hacer deporte”. Mucho más divertida, mucho más motivante. Los primeros meses me sentía como un elefante en una cacharrería. Me sentía torpe, ridícula, y me cansaba muy rápido. No fue fácil siempre. No todos los días eran buenos. Me tocó llorar más de una vez, venirme abajo alguna que otra, y experimentar rabia y frustración también en muchas ocasiones. Pero tuve también días increíbles, días de felicidad absoluta cuando lograba superar mis marcas, muchos otros días también de reír y sudar en la misma proporción, y muchos, muchísimos días en los que al terminar de entrenar sentía que podría comerme el mundo en ese instante de un bocado. Y puedo asegurar que esta es la mejor sensación que se puede tener en la vida, y a mí me la ha dado (y me la sigue dando) el deporte.

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A esas alturas yo ya no pensaba exclusivamente en “adelgazar”, sino en ganar salud. Había empezado a entender y comprobar la diferencia clara entre ambas. Eso me llevó a revisar mis hábitos alimentarios con una nutricionista. Nada de seguir creyendo que yo lo sabía todo, que una rebanada de pan integral con dos lonchas de fiambre y un yogur desnatado podían ser una comida equilibrada. Con ella aprendí a distinguir carbohidratos, proteínas y grasas, a desmitificar muchas ideas que tenía en mi cabeza sobre los alimentos (“la grasa es malísima”, “cenar hidratos engorda”, etc) y todo eso, unido a los entrenamientos, ayudaron a mejorar mucho mi composición corporal. En apenas un año y medio había perdido unos 12 kilos de peso, muchas vergüenzas, prejuicios, y malos hábitos. Por otro lado, había ganado masa muscular, mucha más confianza en mí misma, y me sentía más fuerte mentalmente.

MacarenaY fue esto, precisamente, lo que me dio el valor suficiente para arreglar el último punto en discordia que tenía en mi vida: el trabajo. Lo que ganaba en salud gracias a los entrenamientos y la buena alimentación, lo perdía en cierta medida trabajando 16 horas diarias de media durante una gran parte del año, y durmiendo entre tres y cinco horas cada noche. Llevaba varios años así, pero hasta que no empecé a hacer deporte no me di cuenta de lo insana que era esa forma de vida. Lo veía como “lo normal”, o “lo que toca”. Pero cuando empiezas a adquirir hábitos saludables eres capaz de detectar mejor qué cosas te hacen daño. El cuerpo sabe mandarte señales de lo que necesita. Hay que escucharlo. Es una maquinaria tan perfecta que siempre va a buscar estar en las mejores condiciones posibles. Y cuando tú con tus hábitos le impides estar bien, o le “atacas”, él responde avisándote. Igual que los testigos del cuadro de instrumentos de un coche, que se encienden cuando algo falla.

MacarenaMi cuerpo se había acostumbrado a vivir bajo niveles elevados de estrés y cansancio, pero en cuanto empecé a “rellenarlo” con salud, se desajustó. Obviamente, quería más dosis de eso. Me pedía más descanso, más deporte, más control con la comida, y rechazaba cada vez más el tiempo que pasaba trabajando. Las señales de ese rechazo llegaron en forma de ataques de ansiedad, incapacidad para concentrarme en las tareas, pérdidas de memoria, lentitud al hablar, torpeza en los movimientos, problemas para dormir, y unos cuantos síntomas más muy poco agradables. Lo que más me ayudaba a equilibrar la balanza era entrenar (por entonces, había empezado ya a practicar CrossFit) porque me recargaba la energía, me relajaba y, durante el rato que estaba entrenando mi cabeza estaba completamente en paz. Esa paz me dio la fuerza para tomar la decisión de dejar aquel trabajo, y poder seguir encauzando mi vida por un camino más saludable. Nunca habría tenido el valor de hacer esto de no ser por el deporte. Nunca. Ha pasado ya más de un año desde esa decisión y no me he arrepentido en ningún momento. Mi vida es infinitamente mejor. Mi salud es infinitamente mayor. Y mi felicidad, por supuesto, también.

A día de hoy llevo una alimentación sana, baja en carbohidratos porque es con la que mi cuerpo se siente mejor, y entreno unos 5-6 días a la semana. No siento ninguna de las dos cosas (comer y entrenar) como una obligación. Forman parte del estilo de vida que he elegido seguir. Me gusta hacerlo. Disfruto con ello.

 Esa es, probablemente, la clave más importante de esto. Que no sientas la salud como una obligación, sino que aprendas a verla como lo que es: un derecho y una necesidad. Un beneficio para ti mismo.

Hay un par de claves más para recorrer este camino: la primera, fundamental, es la humildad. Hay que ser humilde para dejarse ayudar por profesionales. No entrenes “por tu cuenta” ni hagas “tu propia dieta”. No sólo te evitarás disgustos, sino que aprenderás mucho de ellos. Yo estaré siempre agradecida a todas las personas que he conocido en estos tres años: mis entrenadores, mi nutricionista, mis compañeros de CrossFit… Me han enseñado y ayudado muchísimo, y me siento muy afortunada de que formen parte del proceso vital más bonito que he experimentado hasta ahora. La segunda clave, no menos importante, es la paciencia. Nadie consigue un ascenso al mes de empezar un trabajo. ¿Por qué pretendemos entonces perder 30 kilos en dos meses? No es realista. Y, desde luego, no es sano. Cada logro te va haciendo más fuerte. Y cada enseñanza te enriquece y empodera aún más. Disfruta del proceso, disfruta del camino.

JULIO 2018. 1,52 cms de estatura. 50 kilos de peso. 43 años. Feliz.

MACARENA COLLANTES DE TERÁNMacarena

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